En el corazón de uno de los conflictos más olvidados del mundo, el papa León XIV lanzó un mensaje contundente: “el mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos”. Lo hizo desde Camerún, durante una visita cargada de simbolismo a la región anglófona, escenario de una guerra que ya dejó miles de muertos y más de un millón de desplazados.
El pontífice llegó hasta la ciudad de Bamenda, en el noroeste del país, una zona golpeada por la violencia desde 2016. Allí, frente a autoridades, líderes sociales y fieles, reclamó el fin de los conflictos armados y cuestionó con dureza a quienes alimentan las guerras por intereses políticos, económicos o religiosos. También advirtió sobre el uso indebido de la fe como herramienta de poder.
Su mensaje no fue abstracto. La visita estuvo atravesada por historias concretas que reflejan la crudeza del conflicto. Mujeres víctimas de violaciones, secuestros y desplazamientos forzados forman parte del drama cotidiano que atraviesa la población civil, principal víctima de un enfrentamiento entre fuerzas gubernamentales y grupos separatistas anglófonos.
El conflicto tiene raíces profundas. Se remonta a tensiones históricas entre la minoría anglófona —cerca del 20% de la población— y el Estado central, dominado por la mayoría francófona. La abolición del sistema federal en 1972 y la posterior marginación política y cultural alimentaron el surgimiento de movimientos separatistas que, con el tiempo, derivaron en una insurgencia armada.
En este contexto, la figura del papa cobra un rol particular. Más allá de su función religiosa, la Iglesia católica actúa como mediadora, canal humanitario y voz moral en un país atravesado por la desconfianza y la fragmentación. La visita de León XIV busca visibilizar una crisis que, pese a su gravedad, recibe escasa atención internacional.
El pontífice también apuntó contra el orden global. Denunció el contraste entre el gasto en armamento y la falta de inversión en salud, educación y desarrollo, y llamó a construir una paz basada en la justicia y la inclusión, no en la imposición. “Basta ya de guerras”, reclamó, al tiempo que subrayó que detrás de las cifras hay “historias y esperanzas rotas”.
Su gira por África —la primera de su pontificado— pone el foco en un continente clave para el futuro del catolicismo, pero también atravesado por conflictos, desigualdades y desafíos políticos. En Camerún, su mensaje resonó con fuerza: una denuncia global desde una periferia olvidada, donde la paz sigue siendo una deuda pendiente.






