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EL CONFLICTO DEL CART CHINO EN BARREAL ES TAPA EN THE NEW YORK TIMES

EL CONFLICTO DEL CART CHINO EN BARREAL ES TAPA EN THE NEW YORK TIMES

La importancia del conflicto por el Radiotelescopio chino en Barreal, fue elegido como tema central de su edición de este domingo en The New York Times. La nota graficó la extrema preocupación que provoca en el gobierno de Estados Unidos la presencia de China en estaciones de «observación espacial» en nuestro país.

La periodista Emma Bubola estuvo en el lugar y este es un resumen de la nota.

Lo que debía ser el radiotelescopio más grande de Sudamérica hoy es un esqueleto metálico apuntando ciegamente al cielo. La disputa geopolítica entre Washington y Beijing aterrizó en el observatorio Cesco, en El Leoncito, provincia de San Juan, y cambió el destino de un proyecto científico que llevaba 15 años en marcha.

Un proyecto de 32 millones de dólares paralizado

El Radiotelescopio China-Argentina (CART) nació como una colaboración entre la Universidad Nacional de San Juan y el Observatorio Astronómico Nacional de China. Con una inversión de 32 millones de dólares y una antena de 40 metros de diámetro, prometía ser el instrumento más poderoso de su tipo en el hemisferio sur: capaz de captar ondas de radio del espacio para cartografiar el nacimiento de estrellas y galaxias lejanas, el tipo de instrumento que en 2019 permitió a los astrónomos capturar la primera imagen de un agujero negro.

En 2023, cien camiones transportaron los enormes componentes de hierro por estrechas carreteras de montaña hasta el observatorio. Junto con la maquinaria llegó un equipo de técnicos chinos que se instaló en Barreal, la localidad más cercana. En el sótano del telescopio aún quedan palillos, latas de salsa de ostras y té verde que dejaron los trabajadores antes de irse. Un cartel en chino en la pared explica qué hacer si uno se encuentra con un puma.

Hoy, los componentes blancos del telescopio yacen inertes. Las piezas clave que faltaban para completarlo fueron congeladas en la aduana del puerto de Buenos Aires, donde permanecen hace nueve meses.

La presión estadounidense, desde Biden hasta Trump

La historia de cómo se frenó el proyecto es un manual de diplomacia de presión que atravesó dos administraciones norteamericanas.

Ya en agosto de 2021, Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional de Biden, y Juan González, principal asesor para América Latina, plantearon el tema durante una visita a Buenos Aires. Le dijeron al entonces presidente Alberto Fernández que les preocupaban varios proyectos chinos en Argentina: el radiotelescopio, un puerto en Ushuaia y la base de control espacial en Neuquén. Fernández prometió que se aseguraría de que no se usaran con fines militares, pero el contrato de 50 años sobre el terreno en Neuquén dejaba poco margen de maniobra.

La campaña no se detuvo con el cambio de gobierno en Washington. En febrero de 2025, el secretario de Estado Marco Rubio habló directamente con el canciller argentino Gerardo Werthein sobre la «colaboración espacial» con China. Esa misma primavera, expertos del Laboratorio Sandia de Albuquerque, dependiente del Departamento de Energía, viajaron a Buenos Aires para informar a funcionarios argentinos sobre los riesgos que, según ellos, implicaba el telescopio.

La presión fue tan lejos que el Departamento de Estado logró incluir una cláusula en un acuerdo comercial bilateral entre EE.UU. y Argentina que obliga al país a cooperar con expertos técnicos estadounidenses para implementar «medidas de control suficientes en las instalaciones espaciales operadas por otros países, a fin de garantizar su uso exclusivamente civil». En noviembre, el gobierno norteamericano trasladó en avión a científicos de la Universidad Nacional de San Juan hasta el Laboratorio Sandia para una capacitación de tres días sobre «preocupaciones relacionadas con el doble uso en instalaciones de investigación espacial civiles».

El coordinador del proyecto, Marcelo Segura, que había aprendido chino para trabajar con sus colegas, dijo que él y su equipo intentaron convencer a los funcionarios estadounidenses de que el telescopio se usaría únicamente con fines civiles. «No fue así», admitió.

El acuerdo entre Argentina y China para construir el telescopio expiró el verano pasado. Poco después, las piezas clave quedaron retenidas en el puerto. El gobierno argentino justificó la paralización en violaciones de procedimiento en la renovación del convenio con China, pero se negó a confirmar si la diplomacia estadounidense influyó en la decisión.

El mismo guión en Chile

Una situación casi idéntica ocurrió en el desierto de Atacama. Allí, la Universidad Católica del Norte había firmado un acuerdo con el Observatorio Nacional Astronómico de China para construir un observatorio con 100 telescopios destinados a monitorear asteroides y explosiones extragalácticas. Los científicos chilenos tendrían acceso dos noches al mes. Se construyó incluso una carretera a través del paisaje lunar hasta la cima donde iba a instalarse.

Esa carretera hoy no lleva a ninguna parte.

Bernadette Meehan, embajadora de EE.UU. en Chile durante la gestión Biden, reconoció abiertamente que frenarlo era «una de sus prioridades más urgentes» y que lo planteó a los más altos niveles del gobierno chileno. Las autoridades chilenas terminaron bloqueando el proyecto alegando que el acuerdo universitario no había sido validado por la Cancillería.

El argumento científico que nadie escucha

Para los astrónomos latinoamericanos, la parálisis de estos proyectos es una pérdida concreta. El hemisferio sur tiene muchos menos radiotelescopios que el norte, y los cielos de San Juan y Atacama están entre los mejores del mundo para la observación. «Hemos quedado en este agujero negro de la política», dijo la astrónoma sanjuanina Ana María Pacheco, de 61 años.

La ironía no pasa desapercibida: EE.UU. también opera telescopios y estaciones espaciales en Chile y Argentina. La NASA usa varias instalaciones en la región para rastrear satélites. La Embajada China en Buenos Aires acusó a Washington de buscar «una excusa para contener y reprimir a China» y calificó su postura de «ridícula y lamentable».

San Juan, peón de una geopolítica mayor

El observatorio Cesco fue inaugurado en los años 60 en colaboración con las universidades de Yale y Columbia. Hoy tiene telescopios alemanes, rusos y brasileños. Un nuevo instrumento está en construcción con la Universidad de Texas. Pero el chino permanece inmóvil.

La disputa trasciende la astronomía. Es parte de lo que el gobierno de Trump llama una versión actualizada de la Doctrina Monroe para frenar la influencia china en el hemisferio, y podría ser tema en las conversaciones entre Trump y Xi Jinping en Beijing esta misma semana.

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Entre las fotos publicadas, está la del camino de acceso a Parque Nacional, los restos dejados por los trabajadores chinos y las imágenes del Complejo Astronómico